Enma entró corriendo al templo de Ascensión. Sofocada, angustiada, dolorida, se postró ante el altar de San Juan Evangelista. Sollozando amargura, se desahogó:
—Justicia, San Juancito, justicia.
Tomó aire. Adquirió más fuerza. Y siguió desfogándose:
—Tú eres testigo, San Juancito, del amor que por él siento. Tú eres testigo de nuestro juramento. Él no cumplió, San Juancito. Él no cumplió.
Desfalleciente, y dejando caer la cabeza al pecho, se puso a rememorar.
Él y ella veían embelesados, desde el puente colonial de Ascensión, el cauce murmulloso del río transparente. Él le dijo ven, y ella se acercó a él que se había alejado un poco de ella. Apoyados en la barandilla del puente colonial, él apuntando el río, le dijo mira. Ella vio. Él confesó: “Mi barco”. Ella se quedó pasmada al ver cómo esa base de las columnas del puente formaba efectivamente la proa de un barco y daba la sensación de estar viajándose en uno de ellos. Ella se enredó en el cuerpo de él, y luego le dio un beso inquieto. Soñaban con viajes a través del mundo en ese su barco de piedras. Soñaban con dichas fulgurando a través de todos los mares del mundo. Agotados de viajar por los mares de la dicha eterna, ella le dijo ven, vamos, y lo condujo abrazados. Él se dejaba llevar. Caminando dos cuadras, casi una empedrada y la más de una terrosa, llegaron al parque de Ascensión. Subiendo al pavimentado parque enverdado, la atravesaron hasta llegar a la puerta en arco de la iglesia de Ascensión. Apostados a ambos lados de la entrada, unos niños vendían velas blancas. Ella, desenredándose de él, introdujo su mano derecha en el bolsillo delantero derecho de su pantalón jean azul y sacó una moneda de un sol plateada. Compró un par de velas; mientras él veía con gozo todo lo que ella hacía. Con las velas en la mano derecha, y con la izquierda agarrando la derecha de él, ella lo condujo dentro de la iglesia oscura. La noche se estaba haciendo. Las luces de la ciudad se encendían de bloque en bloque.
Él vio que, frente al altar de San Juan Evangelista, un bosque de velas ardían con profusión. Y detrás de las velas blancas, en las bancas largas, varios feligreses rezaban con unción. Ella lo llevó hasta delante de la procesión de bancas, y, con delicadeza, encendió las dos velas que había comprado. Él veía atento todo lo que ella hacía. Encendidas ambas velas, y persignados ambos, ella lo condujo a delante del firmamento de velas, posó su mano izquierda en los pies de San Juancito, y le dijo a él que hiciera lo mismo. Él posó su mano derecha en los pies de San Juancito, y con las otras manos juntas, apretadas, enlazándose para nunca jamás desunirse, ella le susurró: “Repite conmigo”. Él la vio con amor, y ella comenzó: “Yo”, “Yo”, “Jaime Edmundo”, “Jaime Edmundo”, “prometo que a ti”, “prometo que a ti”, “Enma Nazarit”, “Enma Nazareit”, “te voy a amar eternamente”; “te voy a amar eternamente”; “sino que San Juan Evangelista”, “sino que San Juan Evangelista”, “ante quien te hago esta promesa”, “ante quien te hago esta promesa”, “me castigue con la muerte”. “me castigue con la muerte”. “Amén”. “Amén”. “Ahora repite lo que yo diga”, dijo él. Ella asintió con la cabeza, y él comenzó; “Yo, Enma Nazarit”, “Yo, Enma Nazarit”, “ante San Juan Evangelista”, “ante San Juan Evangelista”, “juro que nunca voy a dejarte de amar a ti”, “juro que nunca voy a dejarte de amar a ti”, “Jaime Edmundo”; “Jaime Edmundo”; “y si no es así”, “y si no es así”, “que San Juan el Evangelista” “que San Juan el Evangelista” “triture mi corazón”. “triture mi corazón”. “Amén”. “Amén”. Y gozosos se dieron un beso largo. Mas notando que los demás rezantes los veían extrañados, ruborizados salieron de la iglesia abrazados. Una felicidad divina surcaba sus gestos.
—Y tú, San Juancito, también eres testigo de cuánto lo he amado, de cuánto lo amo.
Y recordó todos aquellos momentos en los que ellos, abrazados como dos siameses, paseaban y visitaban, eternos enamorados, todos los recovecos de la ciudad. También recordó las ansias y estremecimientos con que lo esperaba en su casa, o en algún punto de la ciudad, cuando se acercaba la hora de encontrarse. Y cómo se desesperaba cuando él tardaba unos minutos.
Entonces un gesto enlutó su rostro.
Como ave malagüera, como apocalipsis de un sueño dorado, vino a su mente la imagen de él y la otra acurrucados en un rincón desértico. Era él, él, él. Sus ojos no la engañaron. Era él abrazando a otra. Era él engañándola ante sus propios ojos. Era él no cumpliendo su juramento de amarla eternamente.
—Justicia, San Juancito. Justicia.
Jaime y María pasean abrazados, indiferentes a algunas miradas sorprendidas, por la calle más solitaria de la ciudad. La noche se ha hecho. Los focos de la ciudad titilan como estrellas confabuladoras. Jaime se detiene. María, extrañada, también se detiene. Jaime se agarra el pecho, la altura del corazón. Siente palidecer. María se alarma. Jaime se aprieta desesperado el pecho. María, qué tienes, qué te pasa. Habla por favor. Jaime cae de bruces sobre la pista cementosa de la calle más solitaria de la ciudad. Yace despatarrado.Cuando le hicieron la autopsia, encontraron que el corazón lo tenía triturado.

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